Sin moverse de Lima, fue visto sin embargo en China y en
Japón animando a los misioneros que estaban desanimados. Sin que saliera del
convento lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos.
A los ratones que invadían la sacristía los invitaba a irse
a la huerta y lo seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía
comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones. Llegaron los
enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera
invisible y los otros no lo vieron. Cuando oraba con mucha devoción se
levantaba por los aires y no veía ni escuchaba a la gente. A veces el mismo
virrey que iba a consultarle (siendo Martín de tan de pocos estudios) tenía que
aguardar un buen rato en la puerta de su habitación, esperando a que terminara
su éxtasis.

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