El Espíritu Santo, que
Dios había prometido a los profetas para cambiar el corazón de los hombres, ha
llegado.
"Recibid el Espíritu
Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. . . "
(Jn 20,21)
Pentecostés, cincuenta
días después de la fiesta pascual, cincuenta días de espera que se hacía cada
vez más intensa a partir, sobre todo, del día de la Ascensión. Ha sido un
período de preparación al gran acontecimiento de la venida del Paráclito. El día
de Pentecostés. En ese momento es que se inicia el camino de
conducir a todos los hombres a la vida eterna, actualizar en cada uno los
méritos de la Redención.
En efecto, con su venida,
los apóstoles recuperan las fuerzas perdidas, renuevan la ilusión y el
entusiasmo, aumentan el valor y el coraje para dar testimonio ante todo el
mundo de su fe en Cristo Jesús. Hasta ese momento siguen con las puertas
atrancadas por miedo a los judíos. Desde que el Espíritu descendió sobre ellos
las puertas quedaron abiertas, cayó la mordaza del miedo y del respeto humano.
Ante toda Jerusalén primero, proclamaron que Jesús había muerto por la
salvación de todos, y también que había resucitado y había sido glorificado,
que sólo en Él estaba la redención del mundo entero.
El
Espíritu no deja de latir sobre las aguas del mundo. La fuerza de su viento
sigue empujando la barca de Pedro, las velas multicolores de todos los
creyentes. De una parte, por la efusión y la potencia del Espíritu Santo, los
pecados nos son perdonados en el bautismo y en la penitencia. Por otra parte, el
Paráclito nos ilumina, nos consuela, nos transforma, nos lanza como brasas
encendidas en el mundo apagado y frío. Por eso, a pesar de todo, la aventura de
amar y redimir, como lo hizo Cristo, sigue siendo una realidad palpitante y
gozosa, una llamada urgente a todos los hombres, para que prendan el fuego de
Dios en el universo entero.


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